La salud no debe pre-ocuparnos...

Si tú comida, bebida, aire que respiras y entorno social son aptos para el “Homo Sapiens”.

 

 

¿Sabemos alimentarnos?

El lactante toma su “combinado sapiens” y nosotros... ¿Cuándo aprenderemos?

 

Descansar es imprescindible para .....

El reciclado físico y mental. Sin descanso, no hay energía, ni eficiencia, ni inmunidad.

 

Sanos y fuertes

Nadie da lo que no tiene... Necesitas todos los nutrientes para todas tus demandas.

Stop a la DIABETES

La diabetes crece, la medicina no la cura. Nuestra solución: compensar hidratos/proteínas.

Stop a la HIPERTENSIÓN

La tensión arterial elevada responde al estrés crónico y a una alimentación incorrecta.

 

Stop a la OBESIDAD

Los obesos no equilibran los alimentos, les sobran o faltan nutrientes y su vida se acorta.

Stop a la DEPENDENCIA

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Enlaces de interés

Llamamos genoma al conjunto de condiciones y capacidades, que han sido heredadas genéticamente por un individuo para el desarrollo de su vida y la de su especie. Por contraposición podemos llamar “ambioma” al conjunto de circunstancias, acciones y reacciones, que soporta el organismo, derivadas de la interacción con el medio ambiente en el que se desarrolla.

Así pues la Salud será la lógica consecuencia o el fruto esperado de una correcta interacción de nuestro genoma con el medio ambiente en el que nos desenvolvemos y del que dependemos. Para algunos expertos el resultado final de nuestro estado de Salud obedece prioritariamente al “Ambioma”, es decir más al resultado de nuestra relación con el medio ambiente, que al “Genoma”, cuyas manifestaciones negativas se expresan fundamentalmente cuando las condiciones medioambientales no resultan adecuadas a las necesidades del sistema y se superan los límites de tolerancia.

Es como si la herencia genética condicionara los márgenes de maniobra en los que el ser humano se va a poder desenvolver, para no sufrir alteraciones en su equilibrio  de salud.

A la hora de buscar la etiología profunda de las enfermedades existen dos tendencias antagónicas y complementarias, que hacen hincapié en extremos opuestos y mientras un modelo plantea como origen principal de las enfermedades las causas genéticas o endógenas, el otro culpa a los factores externos medio-ambientales y más concretamente a la Interacción del individuo con su medioambiente.

El control epigenético puede modificar la lectura de un gen, sin cambiar el código del ADN, al igual que en el ajuste de la sintonización del televisor se puede alterar la apariencia del diseño de la pantalla, aunque en realidad no se está transformando el diseño de la emisión original. Ése es precisamente el papel de las proteínas reguladoras, que actúan como “sintonizadores” epigenéticos y pueden crear más de dos mil variantes de proteínas a partir de un mismo molde génico.

A título de curiosidad comento que hay científicos que ponen cifras a las posibles influencias del Genoma y del Ambioma en los resultados de la supervivencia humana, dándole al genoma un máximo del 25% de la carga y responsabilizando del 75% restante al Ambioma.  

En principio partimos de que nuestro organismo es un sistema cuasi-perfecto con una capacidad extraordinaria para adaptarse a todo tipo de adversidades, como lo ha venido demostrando a lo largo de los seis millones de años, que, según los antropólogos, llevan los homínidos precursores de la especie humana, sobreviviendo en este planeta.

Hay que reconocer que nuestro sistema orgánico ha sido y sigue siendo capaz de superar todo tipo de adversidades, siempre que le demos tiempo y condiciones para poder interactuar con el ambioma y abordar los retos que se le presenten.

Realmente nuestro organismo es un sistema muy poderoso y muy complejo, a la vez que muy sensible y muy dependiente del medio. Lo podríamos comparar con un extraordinario programa informático de contabilidad, capaz de producir los informes más complejos y sofisticados, pero para ello necesita que se le aporten todos los datos básicos elementales. Sin ellos toda la enorme capacidad del sistema queda anulada y produce resultados inexactos o erróneos.

Los seres vivos estamos siempre en un proceso de adaptación-evolución, manteniendo un equilibrio dinámico, sin parar nuestro reloj biológico y dentro de una continua disputa frente a billones de seres vivos, que también pugnan por su supervivencia

Los biólogos afirman que nuestro cuerpo tiene unos 60 billones de células en continuo desarrollo, es decir, que nacen, crecen, se reproducen y mueren continuamente. Calculan que diariamente se nos mueren entre 50 y 100 millones de células, que lógicamente debemos reponer constantemente, si no queremos vernos progresivamente mermados y prematuramente envejecidos.

Esta constatación nos condiciona a tener que ocuparnos de manera prioritaria en el mantenimiento y en la renovación de todas las células, sin permitirnos el menor descuido en estos menesteres, dado que cualquier olvido lo vamos a pagar con la muerte de varios miles o millones de ellas.

Nuestro maravilloso organismo, por otra parte es muy elemental y sencillo, pues para desarrollar todo su potencial solo necesita cosas tan elementales y básicas como alimentarse adecuadamente, descansar lo suficiente, mantenerse correctamente estimulado tanto física como mentalmente y perseverar en la lucha por la vida con la fuerza del instinto y de la razón.

Todo ser vivo precisa de una cápsula, membrana o piel que lo limite y lo independice del medio ambiente en el que se desenvuelve. Esa piel debe tener mecanismos y soluciones para poder explorar el entorno que le rodea, conocerlo e interactuar con él para protegerse y servirse de él.

Para que un ser vivo pueda desarrollarse y reproducirse el medio debe mantenerse estable en sus constantes físico-químicas, sus fluctuaciones deben ser ligeras y permitir adaptaciones progresivas y perdurables en el tiempo y así sea posible la renovación del individuo y de la especie.

El medioambiente debe ser muy abundante en los macronutrientes y micronutrientes que el ser vivo precisa, con una gran capacidad de renovación para evitar el agotamiento de las existencias, puesto que cualquier deficiencia o alteración brusca del medio puede condicionar la supervivencia de los individuos.

Por su parte el ser vivo irá creciendo, sirviéndose del medio, adaptándose a él constantemente y a su vez se irá haciendo cada vez más dependiente del mismo, de manera que cualquier variación brusca de las condiciones del medio pueden resultar incompatible con la supervivencia.

Cuanto más complejo es el ser vivo mayores son sus necesidades. Sabemos que algunas esporas son capaces de sobrevivir en medios extremadamente secos o húmedos, pueden soportar temperaturas altísimas y sobrevivir en hielos milenarios, sin perder su capacidad de crecer y multiplicarse cuando las condiciones le son propicias.

Sin embargo los seres humanos estamos mucho más limitados por ser animales muy complejos y por lo tanto con mayor dependencia de la estabilidad del medio. Nuestros márgenes de tolerancia son mucho más estrechos, precisamos disponer de todos los macronutrientes y de todos los micronutrientes que necesita nuestro cuerpo, que el medio esté libre de otros seres patógenos, cuya presencia pudiera poner en peligro nuestra integridad, que el medio sea capaz de tolerar nuestros detritus y eliminarlos, etc., de tal forma que cualquier alteración en nuestro medio ambiente estará provocando una tensión puntual que, de no resolverse pronta y satisfactoriamente, generará un desequilibrio más o menos compatible con nuestro estado de bienestar.

Los márgenes de tolerancia de los seres vivos frente a las condiciones medioambientales no son totalmente estables y uniformes, sino que dependen de las condiciones genéticas heredadas, además de que pueden modificarse, ampliándose o reduciéndose en función de factores como el entrenamiento, el desarrollo, la edad, el grado de equilibrio hormonal, etc., de forma que para unos individuos de la misma especie ciertas circunstancias medioambientales pueden resultar insuperables, mientras que a otros, mejor entrenados, con mejores condiciones genéticas de salud y con mejor adaptación al medio, la superación es algo normal en su acontecer diario.

Podemos concluir que la salud está directamente ligada al equilibrio interno y este se manifiesta como bienestar o malestar general. 

Para que un organismo vivo pueda disfrutar de ese estado idílico de Salud sabemos que debe interactuar con el medio ambiente y obtener de él todos los recursos necesarios para su supervivencia, tales como unas estables y adecuadas condiciones de temperatura, humedad, oxigenación, higiene, agua, macro, micronutrientes, etc., además de poder optar y aprender a defenderse de las agresiones del entorno.

Con demasiada frecuencia ignoramos el papel que juega la energía en la salud y en la enfermedad y tendemos a pensar que, si hay un problema en el sistema, una enfermedad por ejemplo, su origen debe atribuirse a una alteración en alguno de los pasos del proceso químico. En consecuencia creemos que, proporcionando a la célula un sustituto del elemento defectuoso, el problema puede ser totalmente reparado. Por ello los investigadores de la industria farmacéutica deben siguen buscando píldoras mágicas y genes de diseño.

La experiencia sin embargo nos demuestra que, por ejemplo, una terapia de sustitución con hormonas sintéticas puede producir notables efectos secundarios y en consecuencia enfermedades cardiovasculares y disfunciones neuronales, de tal forma que el conjunto de los efectos adversos de los fármacos han provocado que la iatrogenia sea actualmente la tercera causa de muerte en los Estados Unidos.

Según Einstein no vivimos en un universo con cuerpos físicos independientes separados por espacios muertos. El universo es un único e indivisible agujero dinámico en el que la energía y la materia están tan estrechamente relacionadas que resulta imposible considerarlas elementos independientes.

Si los organismos vivos reciben e interpretan correctamente las señales ambientales, pueden permanecer con vida y garantizar su supervivencia, que está directamente relacionada con la velocidad y la eficacia de la transferencia de esas señales.

La velocidad de las señales electromagnéticas es de unos trescientos mil kilómetros por segundo, frente a la velocidad de difusión de una sustancia química que suele ser inferior a un centímetro por segundo, siendo además las primeras mucho más eficaces que las señales químicas.

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